domingo, 15 de julio de 2012


Tita

No hay edad para ser madre

Perra callejera como ninguna. Le dimos de comer durante tres años pero jamás se dejó tocar. Era cuestión de poner la comida y correrse para que se acercara.
Pero una noche muy especial, mientras cenábamos con Marianela, mi hermano Fernando, mi cuñada  Etelvina y mi madre, Marta, sentimos ladridos al lado de la ventana de casa. Era ella, que hacía meses que no la veíamos. Con una tremenda panza.
Salimos y no huyó. La llamé y se acercó. Se dejó acariciar. Y zassss.... Nos estaba pidiendo algo con su mirada.
"¿Qué hacemos?" Le pregunté a mi madre. "Parece que quiere tener acá."
Y así comenzó la odisea. Le abrimos la tranquera del frente y entró rápidamente. Olió todo el jardín y no volvió a la vereda, como asegurándonos que no era suposición nuestra: buscaba un lugar para parir.
La entramos a un patio interno que tenemos y allí se quedó en la noche. Sin chistar ni llorar.

Al otro día cavé una zanja de medio metro de profundidad y tres de largo. Construí una casilla de chapa del mismo tamaño y forré con lonas el techo para que no filtrara agua. Estuvo cuatro días y nada.
Pero el 7 de abril nos desayunamos con la escena esperada: los peluditos estaban naciendo.
Fueron once en total. Uno murió al día, pero sobrevivieron diez. Entregamos a nueve a distintas familias y quedó una, Lola, como compañera de su viejita madre. Once años posee esta madre hermosa.
Y quedarán con nosotros para hacernos felices y seguir agrandando nuestra familia perruna.

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