Tita
No hay edad para ser madre
Perra callejera como ninguna. Le dimos de comer durante tres años pero jamás se dejó tocar. Era cuestión de poner la comida y correrse para que se acercara.
Pero una noche muy especial, mientras cenábamos con Marianela, mi hermano Fernando, mi cuñada Etelvina y mi madre, Marta, sentimos ladridos al lado de la ventana de casa. Era ella, que hacía meses que no la veíamos. Con una tremenda panza.
Salimos y no huyó. La llamé y se acercó. Se dejó acariciar. Y zassss.... Nos estaba pidiendo algo con su mirada.
"¿Qué hacemos?" Le pregunté a mi madre. "Parece que quiere tener acá."
Y así comenzó la odisea. Le abrimos la tranquera del frente y entró rápidamente. Olió todo el jardín y no volvió a la vereda, como asegurándonos que no era suposición nuestra: buscaba un lugar para parir.
La entramos a un patio interno que tenemos y allí se quedó en la noche. Sin chistar ni llorar.
Al otro día cavé una zanja de medio metro de profundidad y tres de largo. Construí una casilla de chapa del mismo tamaño y forré con lonas el techo para que no filtrara agua. Estuvo cuatro días y nada.
Pero el 7 de abril nos desayunamos con la escena esperada: los peluditos estaban naciendo.
Fueron once en total. Uno murió al día, pero sobrevivieron diez. Entregamos a nueve a distintas familias y quedó una, Lola, como compañera de su viejita madre. Once años posee esta madre hermosa.
Y quedarán con nosotros para hacernos felices y seguir agrandando nuestra familia perruna.